14/04/25 Mientras la Municipalidad de Río Grande administra un presupuesto millonario, la ciudad se deshace en desigualdad, abandono y carencias básicas.
En una tierra donde los
contrastes ya no escandalizan, los funcionarios se pasean en autos de alta
gama, habitan casas inteligentes valuadas en más de un millón de dólares y
firman contratos de alquiler por cifras millonarias con empresarios cercanos.
¿Cuánto cuesta cada alquiler? Alrededor de 12 millones de pesos. ¿Cuántos
contratos así se repiten en el año? ¿Y cuántas manos se lavan con ese dinero?
En el otro extremo, los
trabajadores municipales —quienes sostienen con esfuerzo el funcionamiento
diario de la ciudad— perciben sueldos por debajo del salario mínimo, vital y
móvil. ¿Cómo se justifica esta brecha brutal? ¿Cómo se duerme tranquilo
sabiendo que hoy hay más de 80 comedores sociales activos, porque cientos de
familias no pueden garantizar un plato de comida?
La desigualdad también se ve
en lo más básico: agua potable, gas, cloacas, electricidad. Servicios que
deberían ser derechos universales, no privilegios de unos pocos. Sin embargo,
hay cientos de viviendas en Río Grande que todavía no tienen acceso a ninguno de
ellos.
Esto no es solo una denuncia.
Es un llamado a despertar.
Porque no podemos naturalizar
que el poder viva en una burbuja de lujos, mientras el resto sobrevive con lo
justo. El Estado local debería ser el primero en dar el ejemplo. Y hoy,
lamentablemente, está dando uno muy malo.
Desde este espacio queremos
abrir el micrófono, el portal, la conversación. Porque si no hablamos de lo que
pasa, ellos siguen ganando.
¿Qué sentís cuando ves estos
contrastes?
¿Qué ves en tu barrio, en tu
trabajo, en tu día a día?
¿Creés que hay otra manera de
gobernar?
Comentarios
Publicar un comentario